19 jul. 2008

Un día...



Desde la distancia llega un intenso olor a Mar. Las calles estrechas e iluminadas por la clara luz del amanecer, zigzagueando en un orden sin sentido, recuerdan los tiempos pasados; la historia habla tras los muros de aquellas casas...


Silencio..., una moto..., una mujer llama a su marido que, sentado al fondo de la taberna, observa a los transehuntes ahogando sus pensamientos en vasitos de rakí: uno, dos, tres... diez ¿qué más da? Los tiempos en que la Mar lo esperaba han quedado lejanos. Ahora, cuando llega el día tan solo siente nostalgia. El komboloi da vueltas y vueltas, vueltas y vueltas...


Olores: salado de Mar, brava Mar, quieta Mar, azul Mar, verde Mar.


Flores de mil colores cuyas hojas derraman las últimas gotas de rocío. Flores pequeñas, grandes, alfombras de`pétalos cubriendo las calles de la ciudad, de la ciudad puertas adentro.


El barco llama; es la hora de poner rumbo al continente: 3 avisos, despedidas. Algunos hasta pronto, otros hasta siempre, pero el barco se aleja hasta que el pequeño pueblo es tan solo un punto en el horizonte. Volverá...


Las tiendas comienzan a abrir sus puertas. Los comerciantes vecinos se saludan, sacan sus mercancías a las estrechas calles y comienza una nueva jornada con la esperanza, como siempre, de que hoy sea mejor que ayer.


Y así todo va cobrando vida: coches, motos, gentes. La luz del día es ahora intensa. En el mercado todos ofrecen sus verduras: son frescas, cultivadas en sus propias tierras.


Una pequeña cabra llora en medio del caos, mas nadie la escucha. Conejos, pollos, cabras, gallinas: todo tiene su precio.


El cielo despejado de noviembre invita al descanso frente a la Mar. Alguna fruta fresca basta para seguir adelante. Suave mecerse de las olas, dulces palabras venidas de otros lugares. Tiempo de recuerdo, de reflexión.


El día avanza lentamente llenanado cada minuto de experiencias. Faros del presente y del pasado.


Regreso a casa; algunos comerciantes ya recogen sus tiendas. Los horarios, flexibles. Saludos a los ya familiares transehuntes, a esos amigos que continúan sentados en la taberna viendo como el día levanta su vuelo dejando paso al despertar de la noche.
Llaman a la puerta. Una mano amiga me ofrece caminar bajo la luz de la Luna. La estrecho dulcemente.
Caminamos en silencio, dejándonos llevar por el momento, que es nuestro guía. Él nos conduce hacia el muelle, nos acerca de nuevo a la Mar pero esta vez nos invita a adentrarnos en ella pues quiere mostrarnos el brillo reflejado de la Luna sobre la alfombra del agua serena.
Si, lo aceptamos y abrazados saltamos a un barco pirata, vacío, que habla rítmicamente con su amiga, eterna amiga MAr.
Todo es paz, juegos, estrellas, color.
La noche ya está despirta y el paseo continúa bajo la húmeda atmósfera: flores nocturnas, bellas flores nocturnas adornan mi cuerpo: mi pelo, mis manos, mi pecho.
Compartimos miradas, sonrisas, tangos bailados a la luz de una farola (ausencia en las calles). Nadie nos mira. Gatos.
Mas llega el momento de regresar. ¿Despedida? no, compartamos unos minutos, unos momentos más.
Dos camas en un mismo espacio, una vela y una voz que, mientras duermo, me va narrando en una lengua que aún no comprendo las bellas aventuras de un príncipe viajero.
Hasta mañana.
Creta, 2 de noviembre 2001

Nubes


Nubes blancas que en lo alto os suspendéis inhertes, volátiles, difusas; decidme vosotras que contempláis, siendo sin ser, este mundo que cubrís ¿Por qué la vida nos sorprende a cada momento? ¿Por qué cuando amamos podemos ser volátiles y frágiles pero más tarde volvemos a la rigidez? ¿Que misterio esconden vuestros átomos que los nuestros, siendo parte de ellos, no comprenden? Estáis y no estáis. Os transformais constantemente en un devenir de energías, y nos alimentáis con vuestras moléculas, dandonos ásí más tiempo para vivir. ¿Acaso entonces no conoceis el secreto de la felicidad? Alimentadme, pues, de agua de vida y plenitud, y permitidme, con vosotras, gozar de la felicidad de ser... y no ser...


13 Marzo 2000

Alquimia

Ser simplemente ser,
estar cuando hay que estar,
sentir cada atardecer.
Mirar, hablar, observar.

Saber lo que hay que saber,
saber nada, nada más;
ver un rosal florecer,
una madre amamantar,
unos niños sonreir.
Mirar, callar, observar.

El azul del cielo gris,
el verde del azul mar,
verde, azul, azul o gris
colores todos, sin más
mezclados en un tapiz
con forma de astro oval.
Ver, sentir, reflexionar.

Ser estando estando ser,
respirar para vivir,
estar siendo para ser
parte de un ser... ¡existir!


28 de febrero 2000

Una vida singular


- “ Aloooo…”
Una voz inconfundible llega en respuesta a un “hola” inesperado. Y en su butaca sencilla y señorial nos recibe Doña Carmen, mamá Carmen, tía Carmen, muzungu o Carmencito, que al final todas vienen a ser tan solo una: Carmen Giralt.

Allí, en Lamu, una pequeña isla de Kenya, pasa sus días rodeada de sus siete niñas, su cocinera, su fiel Benson (que en paz descanse) y un plantel innumerable de visitas y amigos que vienen y van.

Hace diez años llegó buscando un lugar, un sitio tranquilo donde alejarse de su pasado y reposar en paz su vejez; un lugar para olvidar que, finalmente, le ha ayudado a recordar, pues ahora Carmen ya no teme a nada ni a nadie. Ella es dueña y señora de su vida, de su genio y de su pequeña pensión que la mantiene a ella y a sus once de familia.

A todos les sorprende esta gran dama, esta burguesa “venida a menos”, pues la vida le castigó duramente para poder premiarla después. Pero ella conserva esa elegancia, esa presencia, ese don de gentes y ese plante propio de la educación de su tiempo “a base de palos, pues mi abuela me daba capones en la cabeza con la madera del cepillo”.

A Carmen le entusiasma hablar, y habla sin reparos sobre ella “pues me encuentro la mar de interesante”, y ciertamente lo es. No creo ser la primera ni la última que le pide que escriba sus memorias, pero ella insiste en no hacerlo. Quizá algún día cambie de opinión y con su particular humor relate al mundo su vida “quijotesca”.

Nacida en Madrid n 1.933, hija de catalán y de madrileña, de familia burguesa y proletaria. La mayor de tres hermanos, decidió casarse a los 20 años “por el interés” con un hombre bastante más mayor que ella, el que más le pareció que le convenía. Y así lo hizo.

21 años pasarían antes de que él mismo la liberase de su martirio matrimonial; martirio, por otro lado, que la premitió viajar por muchos lugares del mundo y codearse con grandes personajes como Martín Lucero, Bob Marley o Antonio Bienvenida, así como aprender francés, italiano o portugués, pues su marido tenía empresas en Brasil y Carmen le acompañaba en algunas ocasiones.

Durante su único matrimonio vivió momentos de esplendor económico. Fue dueña de un cortijo de reses bravas en Extremadura, y allí se rodeó de sus queridas criadas. A Hortensia la recuerda con especial simpatía, pero a sus 70 años Carmen parece no haberse olvidado de ninguna de ellas.

Su suerte cambió, y a los 40 años se vio totalmente arruinada: sin cortijo, sin Brasil, sin casa, sin viajes y sin un marido opresor; esto último sin duda lo agradeció…

La “vergüenza” de su pasado y su bancarrota la llevaron hasta Inglaterra, donde pasó una temporada trabajando de “versatile lady” (señorita para todo).

Afortunadamente ella misma ha relatado esa parte de su vida.

Así jugó el destino con Carmen: de señora a criada, pero una criada diferente que, en medio de jovencitas que trataban de buscarse la vida, destacaba por su cultura y su sabiduría, permitiéndole esto ir a servir a algunas gentes destacadas y variopintas del panorama británico del momento.

Durante esa época comenzó a desarrollarse su enfermedad: esclerosis ameotrófica lateral izquierda (ELA), probablemente como resultado de unos años de vida no del todo sencillos ni reconfortantes.

De vuelta a España Carmen logró un puesto de vigilante en el entonces Museo de Arte Contemporáneo, hoy el Reina Sofía, en Madrid. A la vez esta “versatile lady” hacia sus pinitos en el cine de la mano de Iván Zulueta, Pedro Almodóvar o Berlanga, todos ellos amigos de la peculiar Carmen. Su espontaneidad e ingenio también la llevaron a tener mención especial en uno de los libros de Jaime de Armiñán, otro de sus queridos amigos.

Horas y horas podría pasarse Carmen contando sus anécdotas en el cortijo, en el museo, en Inglaterra, en Lamu.

Alvaro, el director del museo, estuvo muy acertado al decirle “tu no te apuntas a un bombardeo, ¡te apuntas a un naufragio!”. Y ese espíritu aventurero es el que ha llevado a esta gran mujer a rodearse de grandes personajes y de gentes sencillas, de altos cargos y de hippies que “invaden” súbitamente su casa y que son recibidos con una bella sonrisa.

Carmen transmite una energía muy especial: mujer luchadora, con gran temperamento, sencilla y refinada (“he nacido con una cuchara de plata en la boca y una flor en el culo”, le respondía a un amigo en respuesta a su “soy catalán hijo de payés”, que ella encontraba “la mar de cursi”), valiente y como ella dice “algo gruñona, si, pero también ¡una fiera corrupta!”, aunque para esto ha encontrado unas “amigas” muy serviciales que le ayudan a mantener la calma y a recordar su pasado sin miedo ni vergüenza.

Sin duda es admirable ver a una mujer de su edad viviendo sola en una isla lejos de su patria. Pero ahora Lamu es su hogar. Y aquí ha decidido pasar el resto de su vida; no es difícil adivinar el por qué…

Con su “mala salud de hierro” pasea cada día ayudada de su fiel Benson hasta su buzón donde, bastante a menudo, le esperan noticias de amigos y familiares, libros, regalos o “El País” cada semana.

Nadir detiene ya la marcha de Carmen y por eso su vida ha desembocado en lo que ella siempre soñó: un lugar en Africa (aunque ya no vaya a cazr leones, más que nada por los pocos que quedan), rodeada de niñas y con un lugar para acoger a sus jóvenes visitantes, a sus amigos, a todo el que desee compartir un tiempo con ella.

Ahora sé que cuanto más conoces a Carmen más la respetas y la admiras, y por supuesto más la quieres.

Muchas cosas más se podrían contar sobre esta peculiar mujer, pero ahora le corresponde a ella hacerlo….
Tanzania, Marzo del 2.002